Beisbol en Linea

EL JUAN MANUEL LEY QUE CONOCÍ

RINCÓN BEISBOLERO

Por: José Carlos Campos

EL JUAN MANUEL LEY QUE CONOCÍ

 

EVOCANDO- Pocas veces, por no decir que casi nunca, este columnista habla en primera persona. La ausencia física de don Juan Manuel Ley lo hace hoy obligado. Se ha ido uno de los grandes personajes en la historia del beisbol mexicano, uno de los más importantes y significativos. Eso no lo digo yo, lo dicen los hechos.

Durante 22 años tuve el honor de estar cerca del hoy desaparecido directivo, algo que me llevaré cuando me toque la hora de empacar las maletas.

Se agolpan uno a uno los recuerdos, tal vez uno sea el central: año de 2002, en su pequeña sala de juntas, tan informar como muchas, tal formal como pocas veces. “Yo voy a escribir su biografía”, le dije, a lo que respondió entre broma y serie “si te doy permiso”.

Después, el silencio, que se interrumpió con su pregunta “¿y cómo me vas a describir? ¿Cómo me vas a caracterizar?”. Hoy, casi catorce años después, puedo responder.

Juan Manuel Ley López era un torrente, una caída agua abajo que en apego a su naturaleza, lo mismo arrasaba que hacía florecer los terrenos por donde pasara. Ser humano de claroscuros, lejos de la perfección, a veces distante de las realidades que otros veían porque en su escalara de valores, las cosas siempre se podían hacer diferentes.

Eso lo aplicó una y otra vez en el beisbol.

SUEÑOS- Nunca sabré si efectivamente, don Juan Manuel fue realmente bueno como pelotero en su natal Tayoltita, Durango. Platicaba de su paso por el terreno amateur y lo mucho que sirvió que jugara para que en su padre naciera la afición por este deporte. No porque ya no esté entre nosotros diré que fue sobresaliente jugando pelota.

Lo que sí sé es que como aficionado, pocos he conocido que se hayan enamorado del beisbol con tanta pasión y que hayan dedicado tantas horas de su vida a engrandecerlo. Con todo y sus arrebatos, lo que se quiera: Juan Manuel Ley fue capaz de tatuarse el beisbol en el cuerpo, siempre pintado de guinda, del color de sus tomateros.

Llegó a ser directivo gracias a uno de sus dos mejores amigos, Horacio “Macacho” López Díaz, quien lo convenció a inicios de 1964 de que inscribiera un equipo de Culiacán en la entonces Liga Invernal de Sonora. Su otro gran amigo lo fue Arcadio “Cayo” Valenzuela, otro sonorense de estirpe.

A partir de ese 1965, el beisbol encontró en Juan Manuel Ley a uno de sus más firmes impulsores, decididos defensores y aguerridos protagonistas.

¿DIRECTRIZ?- Ninguna necesidad de decirlo pero no está de sobra: he de reconocerle que aún y su ascendencia y jerarquía, el “jefe” jamás me dictó “línea” con respecto a mi labor periodística. Nunca una imposición aunque sí muchos desacuerdos.

“Le pegas mucho al Teniente, a la Liga Mexicana” me decía, pero nunca un “estáte quieto”.

Siempre trató de que su relación los medios fuera llevada por la cordialidad aunque cierto es que tuvo no pocos desencuentros. Se llevó decepciones con periodistas y cronistas, tanto del pasado como del presente.

Pero siempre leal a su idea: “hablen bien o mal, pero hablen de beisbol”. Corto el espacio, los recuerdos son muchos. Ya habrá tiempo.

PERSONAL- El 18 de Diciembre de 2015, platiqué con don Juan Manuel para decirle que iría a San Luis Potosí a pasar la Navidad. Se puso serio y me dijo “no vayas, en Diciembre pasan cosas”. Su mirada la advertí con cierta tristeza.

Ya no lo volví a ver hasta la entrado el año nuevo, nos reencontramos y un abrazo selló el momento. “’¿Ya ve? Nada pasó, estoy de regreso”. Sonrió para soltarme el “pues yo aquí, hasta donde alcance el tiempo”.

Fue tal vez la despedida, ese “hasta luego” que quedó pendiente de decir.

Hoy le agradezco esos 22 años que tuve la suerte de acompañarlo en una aventura que se gozó porque siempre estuvo ligada al beisbol. Y de muchas manera, fue don Juan Manuel quien me hizo ver que el beisbol es para ver con un prisma.. y a veces con lupa.

Gracias por todo, don Juan Manuel. Hágame un campo para un día de estos, irnos con mi padre y don Agustí m a ver una “careada”.

¡Hasta siempre, jefe! Y gracias por este baúl lleno de recuerdos.

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